Celda 211

“Estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado”

Este par de frases constituye algo así como el punto de partida, el escopetazo inicial de esa carrera llena de obstáculos que es la historia de la Celda 211. No se debe sin embargo obviar la importancia que tiene tal circunstancia en relación con el desarrollo de la trama. ¿Qué habría ocurrido si Juan Oliver, funcionario de prisiones de nuevo ingreso, no hubiese acudido al centro penitenciario el día en que tuvo lugar el motín? ¿En qué sentido habría progresado el mismo? ¿Acaso Juan frenó el motín? ¿O lo alentó? En la misma línea, ¿qué habría pasado si su mujer, quien de nuevo se encontraba en el lugar y en el momento equivocado, no hubiese recibido el golpe brutal de Utrilla? ¿Qué papel habría tenido o dejado de tener la supuesta muerte de su mujer en su evolución psicológica y emocional?

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Al margen de relaciones de causalidad hipotética, Celda 211 nos presenta un secuestro del todo sui generis en el que el secuestrador no es consciente de su condición. Juan, en su convivencia con los reclusos, se ve forzado a adentrarse en el pequeño mundo que se ha creado en la cárcel, comprendiendo las relaciones de poder que se configuran en su seno, conociendo las inquietudes y ambiciones que ocupan el pensamiento de los reclusos, así como vislumbrando el trasfondo de sus actitudes y comportamiento. Va empatizando con ellos, a la vez que lo hace el espectador. Y es tan sólo tras el anuncio de la pretendida muerte de su mujer que se convierte en uno de ellos. Pasa de la interpretación a la encarnación. Ya no es Juan Oliver, sino Calzones.

Las circunstancias le hacen vacilar, situándole finalmente del lado de los reclusos (la supuesta muerte de su mujer se ha metido un poco con calzador para lograr este cambio de rumbo de la trama).

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Lo que hace sin duda especial a esta película es la manera en que consigue reflejar con qué rapidez en las guerras y en las crisis los pretendidos buenos y manos se confunden, imponiéndose por encima de toda moral el instinto de supervivencia. Y qué mejor reflejo del instinto de supervivencia que el propio periplo por el que pasa Juan Oliver, que finge para sobrevivir. O el caso de los negociantes del Gobierno, que actúan al margen de la ética con el único fin de silenciar la revuelta y salvarse el pellejo.

Por tanto, ¿hay un bando de buenos y un bando de malos? El Gobierno llega tarde, gestiona mal la crisis, con la ETA en la yugular. Los funcionarios se exceden. Algunos son corruptos, su palabra es aire y abandonan a Juan Oliver tras conocer que se ha pasado al otro bando. Y por otro lado, los presos que, esbozados al principio como criaturas endemoniadas y salvajes, paulatinamente van demostrando mayor coraje, más cohesión, más fidelidad entre sí. Demuestran que su palabra es firme, lo que finalmente acaba por humanizarlos.

No. No hay buenos y malos. Sólo hay dos sociedades enfrentadas: una es civilizada, racional y cínica; la otra, salvaje, visceral y sincera. Pero ambas son sociedades humanas, y como tales, están integradas por personas. El azar o la propia voluntad personal les han situado en una u otra, obligándoles a asumir unas determinadas reglas de supervivencia.

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Es muy interesante la relación humana que se crea entre Malamadre, interpretado por un Luis Tosar desbordante, y Juan Oliver. Erigido en jefe del clan, Malamadre analiza con recelo los movimientos astutos que describe Juan que puedan hacer peligrar su posición de liderazgo. El primero tiene carisma, el segundo tiene inteligencia. Juntos, aúnan sus cualidades, y demuestran poder y éxito. Paralelamente, se forja una relación de amistad y de compañerismo entre ellos, y es precisamente esta relación la que hace saltar una chispa de optimismo en medio de la confusión de violencia, odio y terror en que sume la trama. Quizá estas sociedades en su globalidad estén condenadas a llevarse mal por siempre, pero no así sus individuos. Las personas somos capaces de escucharnos, de comprendernos, de ayudarnos y también de perdonarnos, independientemente de quiénes seamos, de dónde vengamos o a qué grupo pertenezcamos.

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Veámoslo de otro modo. Imaginemos que toda la trama no sea más que un test al que se somete a Malamadre. Se le introduce a un nuevo preso, se les hace trabajar por la misma causa, uniendo fuerzas, encariñándose, para al final desvelarse el truco, revelándose a Malamadre que el nuevo preso no es más que un funcionario de prisiones, de esa sociedad contra la que está luchando. El test arroja sin duda un resultado esperanzador.

A Malamadre le duele haber sido engañado por Calzones. Pero le ha cogido cariño y, a pesar de verse obligado por su orgullo a decirle que le va a matar, él en verdad no lo siente así, lo que se pone de relieve en la escena en la que Malamadre detiene su huida para ayudar a Calzones cuando le alcanza una bala.

Malamadre descubre así, en el crepúsculo de su vida, restos de humanidad en sí mismo. Una humanidad de la que ha renegado, que los demás le han arrebatado, pero que nunca ha perdido del todo por el mero hecho de ser una persona.

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2 comentarios en “Celda 211

    • Tosar está muy carismático en esta película. Creo que es una de las razones por las que esta película ha trascendido y permanece en la memoria. Y como bien dices, mantiene una tensión constante que parece que te ata a la trama, te apresa y te sofoca. Pero la película, creo yo, no se conforma con ser efectista; tiene su miga.
      Un abrazo y gracias por tu aportación. ¡Feliz Año!

      Me gusta

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